1. Los grupos: sus formas y sus dinámicas sociales

1.2. La era de las multitudes

1.2.2. Las masas

Decíamos que la Revolución Francesa y la posterior en Estados Unidos, ambas ocurridas en el final del siglo XVIII, comenzaron a interesar a las Ciencias Sociales y Humanas como la historia, la psicología, la criminología o la sociología, que buscaron comprender cómo era posible que un pueblo se alzara en armas de manera tan contundente y feroz. La insurrección les parecía incomprensible porque suponían que era debida a una súbita efervescencia como surgida de la nada, sin comprender las causas internas, larvadas durante cientos de años que habían llegado a un punto insoportable y que la gente, la multitud, se envalentonaba para dar un golpe de timón a la historia aparentemente tersa y sin conflictos masivos.

De esta sorpresa, entre comillas, surge la explicación más a la mano y que viene sugerida por el criminólogo Sighele: la multitud, la muchedumbre, es delincuente porque está movida por afectos, apetencias escondidas y no se caracteriza por una racionalidad que permita comprender por qué ocurre una revuelta. Así, casi todas las obras dedicadas a estudiar a la masa la caracterizan como una multitud irracional, desprovista de argumentos y razones, que se mueve por una especie de contagio como si fuera una epidemia y hace desaparecer la individualidad y la corrección. No sería el resultado de muchos individuos juntos, sino un solo ser, […] un protagonista unitario, inseparable, distinto del agregado de los muchos individuos que lo componen (Fernández-Christlieb: 1994, p. 33). En esta línea, Gustave Le Bon (2016, p. 15) dirá que la masa es aquel conjunto de individuos en el que la personalidad consciente se esfuma, los sentimientos y las ideas de todas las unidades se orientan en una misma dirección. Se forma un alma colectiva, indudablemente transitoria, pero que presenta características muy definidas. La colectividad se convierte entonces en masa organizada o, si se prefiere, masa psicológica. Forma un solo ser y está sometida a la ley de la unidad mental de las masas.

Es así como se interpretan los procesos de pánico colectivo, como el generado de la clásica radiodifusión de Orson Welles sobre la obra La Guerra de los Mundos, de 1938. Siguiendo a Crocq et al., (1987), Dupuy propone que el pánico sería un miedo colectivo intenso, sentido simultáneamente por todos los individuos de toda una población, caracterizado por la vuelta de las conciencias a un estado arcaico, impulsivo y gregario (Dupuy, 1999, p. 41). De este modo, ante una catástrofe natural o de origen humano, el pánico ocurriría en el momento en que las conciencias individuales de un grupo de personas se fusionaran en una masa colectiva de comportamiento automatizado e irracional. Una vez más, existe debate acerca de si el pánico como proceso colectivo sería el resultado de la suma de los miedos y de los comportamientos irracionales de cada persona ante la catástrofe presentada; o si, por el contrario, ese pánico como elemento colectivo sería efecto de una imitación del comportamiento de los demás que, en este tipo de situaciones, resuena de forma colectiva en todas las personas.

Además, como colofón a esa visión nada amable con las multitudes llamadas masa, comienza a aparecer una figura que explica ese movimiento: el líder, el dirigente. Como si la gente en multitud fuera una manada que sigue las voces de un pastor, las teorías de las masas no encuentran mejor explicación a esa insurgencia que argumentar que debe existir un personaje que cautive, que embruje a las masas para llevarlas por algún sitio. Así, se lee en Psicología de las Multitudes de Le Bon (1973, p. 128):

«la multitud está dispuesta siempre a escuchar al hombre que, dotado de una fuerte voluntad, sabe imponerse a ella. Los hombres, reunidos en masas, pierden toda voluntad y, por tanto, se inclinan, por instinto, hacía quien está dotado de ella».

Como puede verse, tenemos la fórmula más simplificada de un fenómeno que merecía más atención: la multitud es incapaz de argumentar, de pensar y se desboca al llamado carismático de una persona que debe contener todos los atributos. Por cierto, así nace cierta tradición en la administración gerencial y en ciertas psicologías del trabajo que siguen fomentando las dotes de «liderazgo» como si la fórmula para movilizar a la gente radicara en encontrar al líder ideal, al prototipo de héroe al que sigue dócilmente toda la chusma provista solo de emocionalidad.

Así, las emociones han sido tradicionalmente elementos centrales a la hora de articular la acción social, pero estas han sido convencionalmente analizadas desde marcos interpretativos simples y reduccionistas, algunos de los cuales perduran en la actualidad. Lo encontramos, por ejemplo, en el caso del efecto contagio, que se utiliza para explicar el comportamiento colectivo aludiendo a la metáfora de la propagación de un virus entre las diferentes personas interpeladas en el suceso llevado a cabo (Vázquez, 2003). Mediante la intervención de los procesos psicológicos de cada individuo (percepción, atención, inteligencia emocional, afectos, etc.), la observación de una reacción, un comportamiento o una emoción de una persona puede conllevar que las personas observadoras o participantes se contagien de ese comportamiento, dando lugar a un comportamiento colectivo particular.

Lo mismo sucedería al tratar de explicar las situaciones de pánico en tanto que una forma de comportamiento colectivo gregario, irracional y asocial, provocado, por ejemplo, por una catástrofe natural o humana. Tal y como argumenta Dupuy, el pánico podría tratarse de un mito, ya que cuando ocurren estas situaciones, la gente tiende precisamente a comportarse de maneras más cívicas y racionales: emergen más prácticas de apoyo mutuo, las personas se coordinan y cooperan más que nunca, los grupos llevan a cabo más acciones de cuidado y se respetan más las normas en la búsqueda de solucionar la catástrofe. Solo tenemos que pensar en el comportamiento de un grupo de personas ante una catástrofe ecológica, como el tsunami en Japón en 2011, un gran terremoto, donde todas se apresuran a correr en cualquier dirección de manera instintiva; pero a su vez, ese miedo colectivo articula una ayuda mutua para salvar a las personas más indefensas o para la búsqueda de personas perdidas.

E incluso, como plantea Bruno Latour, la parálisis provocada por el pánico generado a raíz de otra catástrofe, como la pandemia por COVID-19 que estalló en marzo de 2020 podría ser reencuadrada como un modo de acción social frente a problemas globales tales como la emergencia climática o las consecuencias indeseadas del capitalismo o la globalización. La pandemia nos obligó en un primer momento a encerrarnos en casa y permanecer aislados, y posteriormente a mucha gente le provocó miedo volver a salir, viajar, consumir, comprar, etc., como lo hacían antes, ¿por qué no cuestionarnos qué acciones y prácticas de la antigua normalidad no queremos que vuelvan a ser como eran entonces, y preferimos mantenerlas confinadas? (Latour, 2020). Bajo la evidencia innegable de que el mundo se puede transformar drástica y rápidamente, tal como ocurrió en pocas semanas durante marzo y abril de 2020 (recordemos: animales que volvieron a habitar territorios alcanzados por los humanos, la limpieza atmosférica por los escasos vehículos en movimiento, el florecimiento del comercio local en las grandes ciudades ante la falta de turistas, etc.), lo que el autor nos propone es que nos mantengamos en esa parálisis para aquellos modos de producción que son injustos con los países menos desarrollados, con los seres vivos no humanos, con los recursos naturales o con el planeta como el hogar en el que todas y todos habitamos. De este modo, será posible transformar aquellas condiciones sociales que consideramos injustas, opresoras o negativas para ciertos colectivos.