1. Los grupos: sus formas y sus dinámicas sociales

1.3. Facilitación de grupos y dinámicas asamblearias

1.3.2. La facilitación no violenta

La facilitación no violenta se define como el rol que, en el contexto de una asamblea, emplea un conjunto de técnicas que posibilitan una comunicación y cohesión fluida durante el debate y toma de decisiones. El rol de facilitador o facilitadora a menudo se confunde con el de moderador, ya que ejerce funciones como ordenar los temas que deben tratarse, otorgar la palabra, realizar la síntesis de los acuerdos e introducir aclaraciones sobre el proceso de toma de decisiones.

Ahora bien, como nos recuerdan Lorenzo y Martínez (2001), la buena marcha de las asambleas implica la corresponsabilidad de todos sus participantes. Por lo que la persona facilitadora, como indica el nombre, facilita las dinámicas asamblearias, pero requiere la colaboración de las y los participantes para que se generen debates y acuerdos colectivos. Este aspecto de corresponsabilidad es fundamental para entender las dificultades del modelo asambleario, que radican en buena medida en la subjetividad derivada del capitalismo. Por subjetividad podemos entender el conjunto de valores y formas de interpretar la realidad que nos constituye como sujetos (Reneses, 2023). Esta subjetividad ha sido modelada por el capitalismo, colocando al individuo en el centro. La concepción de que cada persona es un individuo con una racionalidad aislada, entendida como la capacidad autónoma de evaluar todas las eventualidades desde un esquema de costes y beneficios, ha generado una subjetividad desconectada de los vínculos sociales. De esta forma, se nos concibe como productores y consumidores que son responsables únicamente de sus vidas individuales. Bajo esta subjetividad, la naturaleza y el resto de los individuos aparecen como meros instrumentos –o incluso obstáculos– para satisfacer nuestros objetivos individuales. De hecho, el capitalismo podría enfocarse como un sistema de dominio en el que una minoría económica se vuelve inconsciente e insensible a la destrucción del medio ambiente y de los vínculos sociales que posibilitan la vida. Esta cosmovisión genera, por una parte, la conducta de diferenciación del grupo para reivindicar la propia individualidad, dificultando así el establecimiento de fuertes vínculos sociales. Pero también incorpora en el propio individuo el imperativo de convertirse en el único responsable de sus éxitos y fracasos. Como nos explica Bauman (2017), el capitalismo ha propiciado así la conversión de cada individuo en una empresa, en el sentido de que cada individuo se concibe como un espacio de emprendimiento que debe ser capaz de triunfar en una sociedad competitiva superando todos los riesgos existentes.

Es por todo ello que Nacho García et al. (2019) defienden un modelo de facilitación no violenta capaz de reconstruir los lazos sociales que la subjetividad capitalista ha fragmentado.

La facilitación se convierte así en un apoyo para la reconstrucción comunitaria y la generación de espacios que funcionen de forma colectiva. Es decir, que consideren como valor básico ser capaces de actuar y pensar colaborativamente (García et al., 2019). Aquí el adjetivo «no violento» es clave. Ya que por no violencia entenderíamos la combinación entre métodos no violentos de organización y el rechazo a las violencias externas al grupo, que son entendidas como formas que buscan el dominio –la subyugación– de unos individuos sobre otros. Según García et al. (2019, p. 8):

«Desde la visión comunitaria y de grupo, desde el trabajo en colectivo en el cual enmarcamos la facilitación no violenta, entendemos que en una realidad construida socialmente por seres humanos interdependientes entre sí y con el contexto, dónde el conocimiento se basa en la práctica y se desarrolla y genera a través del diálogo, la no violencia no puede ser entendida sin la combinación de estos elementos: construcción social, interdependencia, práctica y diálogo. La Facilitación No Violenta presta especial atención a los procesos de grupo y a la construcción de Comunidad».

Por ello, la facilitación no violenta supone un modelo de toma decisiones transformador, que procura que los movimientos sociales y otros grupos que la llevan a cabo sean ejemplos a pequeña escala de un mundo configurado por vínculos fuertes y comportamientos colectivos.

Para hacerlo realidad, García et al. (2019) nos recuerdan que la facilitación debe ser un proceso que manifieste relaciones horizontales de modo eficiente. Para ello, propone un modelo de facilitación no violenta basado en el triángulo de efectividad grupal, que abarca objetivos, personas y procesos.

  • Los objetivos son los resultados que esperamos conseguir conjuntamente.
  • Los procesos son los métodos mediante los cuales tomamos decisiones.
  • Las personas son las integrantes del grupo, que deben ser comprendidas como entes complejos con vivencias propias que influyen en su participación.

La facilitación debe tener en cuenta que, durante las asambleas, todos estos aspectos interactúan y necesitan potenciarse mutuamente. Ya que potenciar solo un factor por encima de los otros puede acabar provocando que las asambleas se vacíen o dejen de funcionar. Por ejemplo, un grupo que prime los objetivos por encima del proceso, imponiendo las decisiones desde una jerarquía vertical y utilizando las asambleas como órganos consultivos, podría provocar la desmotivación del grupo (Lorenzo y Martínez, 2001). Sin embargo, un grupo que potencie el proceso de toma de decisiones, pero sin tener claros los objetivos, podría impulsar debates interminables y abstractos que también desalienten la participación. Y, del mismo modo, no tener en cuenta el bienestar de las y los integrantes del grupo podría desmovilizarlos al no sentirse escuchados.

Figura 1. Modelo de efectividad grupal (Escorihuela, 2015)
Fuente: elaboración propia a partir del Instituto de facilitación y cambio (IIFACE)