1. Los grupos: sus formas y sus dinámicas sociales

1.3. Facilitación de grupos y dinámicas asamblearias

1.3.6. Algunos riesgos que tener presentes en la facilitación

Todas estas técnicas y dinámicas deben prestar atención también a algunos potenciales riesgos. Por ejemplo, puede suceder que se genere y propaguen chismes y rumores que, si bien pueden fortalecer temporalmente los vínculos de las personas que los comparten –ante la sensación de camarilla que conforman–, pueden acabar siendo fuentes de conflictos en el conjunto del movimiento social.

Esto nos lleva a un aspecto inevitable del asamblearismo en particular, pero de toda forma de relación social en general, que es el conflicto. Y es que, a pesar de la facilitación no violenta, siempre existe la posibilidad de conflictos, debido a los contextos cambiantes y la pluralidad de perfiles que pueden llegar a conformar los grupos, especialmente si son numerosos y en contextos de movimientos sociales. En relación con este aspecto, la labor de la facilitación es tratar de prevenir los conflictos utilizando las dinámicas mentadas con anterioridad. Pero cuando surge el conflicto, es necesario aplicar técnicas focalizadas en relajar las tensiones y abordar constructivamente la fuente de los problemas. Como explican Nacho García et al. (2019), para esta labor es necesario diferenciar entre necesidades y estrategias. Las primeras se refieren a aquello que emocionalmente necesitamos para sentir bienestar. Las segundas denotan los modos en que podemos satisfacer las necesidades.

De ahí la importancia de comprender la labor de la facilitación y sus implicaciones, que no solo son pensadas, sino que también son sentidas. En este sentido, una buena facilitación no solo se piensa, sino que también se siente en nuestros propios cuerpos, lo que posibilita politizar el malestar en movilización. O, como expresan en la PAH, reconvertir a las personas afectadas de sujetos pasivos necesitados de asistencia externa en sujetos activos dispuestos a hacer política.

A este respecto, nos es útil el concepto de sentipensante manejado por el sociólogo Fals Borda (2009), que señala precisamente la necesidad de pensar, pero también de sentir los fenómenos sobre los que reflexionamos.

Finalmente, en los movimientos asamblearios también existe un riesgo plausible (Delgado, 2016) de generar cosmovisiones en las que se desdibujen las desigualdades y condiciones materiales en las que se enmarcan la interacciones que se producen en estos espacios. Frente a este riesgo, sería necesario incorporar a nuestros análisis las situaciones interseccionales en las que las personas participantes se ven inmersas, cómo influyen en el proceso de toma de decisiones y cómo se podrían tener en cuenta en la labor de la facilitación. Es decir, tener en cuenta las desigualdades de clase, género, étnicas o de estatus migratorio, entre otras, y cómo estas pueden condicionar la capacidad de tomar la palabra, e incluso tener la disponibilidad para formar parte de la asamblea. Cuando tales condiciones se invisibilizan, se puede caer en el ciudadanismo, que establece una falsa identidad igualitaria en la que se considera que todo el mundo puede participar de manera horizontal, cuando en realidad se encuentran en situaciones sociales divergentes (Delgado, 2009).