2.3. ¿Cómo entender y analizar lo colectivo?
2.3.2. El enfoque del comportamiento colectivo
El elemento que permite diferenciar este enfoque en relación con la psicología de las masas, es que por primera vez entiende el comportamiento colectivo como una forma de acción no institucional articulada por creencias e ideologías. Es decir, es la racionalidad la que guía y da cuenta de esos comportamientos colectivos que emergen como respuesta a determinados déficits de funcionamiento de las instituciones y estructuras sociales que conforman y reglamentan el funcionamiento de una determinada sociedad. Las situaciones que precipitan a esos comportamientos colectivos se precipitan como roturas causadas por cambios estructurales que se producen, o bien en los órganos de control social, o bien en la adecuación de la integración normativa. Las tensiones resultantes llevan a los individuos a participar en un determinado comportamiento colectivo. Este comportamiento colectivo no institucional exhibe un ciclo de vida que permite un análisis de las causas desde sus primeras etapas con la aparición de acciones colectivas espontáneas o escasamente organizadas, hasta sus etapas más maduras con la formación de movimientos sociales y públicos, de largo recorrido y con formas establecidas de causar impactos, modificaciones o cambios en el sistema político, social o cultural.
Dentro de este enfoque cohabitan dos perspectivas que se explican a continuación.
1. La perspectiva micro
Es una perspectiva vinculada con el interaccionismo simbólico, con las nuevas normas o la innovación en el comportamiento colectivo. Entre los autores más conocidos y destacados de esta perspectiva cabe señalar a Helbert Blumer, Ralph Turner, Lewis Killian o a Ted Gurr.
La aportación de Blumer, Turner y Killian consiste en la identificación inequívoca de las diferentes formas comportamiento colectivo. No obstante, estos tres autores no ofrecían explicaciones del porqué de estos, esto es, de las situaciones sociales que posibilitaban su surgimiento. Ted Gurr, en cambio, sí intentó encontrar respuestas a ello en una obra que llevaba por título Why Men Rebel? (2012): su hipótesis era que la intensidad de las frustraciones eran el «carburante» de estos comportamientos. La obra de Gurr ha dado lugar a una serie de investigaciones conocidas como privación relativa, donde estos son producto del descontento de algunas personas o grupos sociales, lo que produce una relación causal entre frustración y surgimiento de una respuesta. La frustración se genera por una privación relativa económica o social, situación de desventaja que da lugar a un conflicto político. Con esta contribución emerge un modelo de acción colectiva: la frustración de expectativas genera movilización.
Como es obvio, el modelo de Gurr recibió importantes críticas. Por un lado, muchos movimientos sociales más organizados no se inician por motivos económicos o de privación relativa: los movimientos pacifistas y ecologistas, por ejemplo, no podrían explicarse por esos motivos, sino más bien por objetivos universalistas, en el sentido de que sus reivindicaciones no son mejoras para sus participantes, sino para el conjunto de la humanidad. Por otro lado, y centrando la atención en situaciones, ahora sí, de privación relativa, se constata que la conexión de causalidad entre frustración y movimientos sufre de algunos problemas a fin de explicar por qué algunas frustraciones y descontentos se transforman en movimientos y otros no. Si la causa de los movimientos lo representa la frustración de expectativas, ¿por qué no desafían al poder todos los individuos con expectativas frustradas? Uno de los rasgos más relevantes de las sociedades modernas y posmodernas es, tal y como destacan la Ciencia Social e Histórica, la cantidad considerable de expectativas frustradas. Entonces si la hipótesis de Gurr fuera plausible, ¿dónde están la cantidad de movimientos sociales que deberían existir?
2. La perspectiva macro
La perspectiva macro es la propia del estructural funcionalismo. La causa del surgimiento de los movimientos se encuentra en las tensiones estructurales que surgen dentro de una sociedad. El autor de referencia es, obviamente, Talcott Parsons. No obstante, fue Neil Smelser, en Teoría del Comportamiento Colectivo (1996), quien dio su versión más elaborada con la llamada teoría de la tensión estructural –o teoría del valor agregado. En esta teoría se ofrecen seis condiciones indispensables para el surgimiento de los movimientos sociales. Son los siguientes:
- Conductividad estructural: se produce cuando un grupo de personas problematiza aspectos de las instituciones y estructuras sociales, lo que señala, por tanto, que la sociedad tiene problemas. Usemos como ejemplo el acceso a la vivienda como un derecho humano universal.
- Tensión estructural: las personas experimentan privación. Por ejemplo, muchas personas tienen dificultades para pagar la hipoteca, el alquiler, viven de manera precaria o no tienen acceso a una vivienda.
- Crecimiento y difusión de una solución: se propone una solución a los problemas que las personas experimentan y se extiende. Por ejemplo, algunos grupos de personas que empiezan a organizarse para reivindicar el acceso digno a una vivienda.
- Factores precipitantes: el descontento generalmente requiere un catalizador (a menudo un evento específico). Siguiendo con el ejemplo, la crisis financiera global iniciada en 2008, que devino en crisis inmobiliaria, en el momento en que las entidades bancarias empiezan a ejecutar numerosos desahucios.
- Movilización: este es el componente organizador y activo real del movimiento; la gente hace lo que hay que hacer. Es así como, siguiendo con el ejemplo, surgen asociaciones y ONG para dar respuesta a la ciudadanía a la situación de las personas que perdieron sus viviendas o no la tienen, como la Plataforma de Afectadas por la Hipoteca en Barcelona, PAH.
- Falta de control social: la entidad que se va a cambiar debe estar al menos algo abierta al cambio; si el movimiento social es reprimido rápida y poderosamente, puede que nunca se materialice. En este caso, la PAH ha ido consiguiendo con sus acciones impedir que muchas personas fueran desahuciadas, renegociaciones de hipotecas o alquileres sociales, así como una presión continuada por un cambio en la legislación sobre la vivienda.
Es decir, desde esta perspectiva el comportamiento común de un conjunto de personas se explica por compartir una creencia sobre la necesidad de un cambio social, el cual no se puede conseguir mediante el camino institucional formal (Milgram y Toch, 1969). Esta falta de posibilidad de conseguir el cambio mediante las vías institucionales es lo que produce una tensión estructural en las personas que conforman el colectivo y, por tanto, buscan otras vías de posibilitar ese cambio. Esto conllevará a que un acontecimiento (que puede ser muy local e incluso aparentemente insignificante) se convierta en el elemento gatillador de la acción social (las personas acaben movilizándose por su propia cuenta para conseguir el cambio social) y que exista una actuación de los cuerpos de seguridad (para evitar o fomentar la acción social).
Un ejemplo donde podríamos aplicar la teoría de la tensión estructural, son las recientes movilizaciones sociales masivas acontecidas en Chile durante 2019 y 2020, conocidas como estallido social, que llevaron a proponer una nueva constitución durante el año 2022. A raíz de la subida de 30 pesos chilenos (unos 3 céntimos de euro) del precio del metro de la capital del país, primero los y las estudiantes, y posteriormente toda la sociedad, se lanzaron a la calle a manifestarse contra la precariedad del modelo neoliberal de trabajo y de las políticas sociales (educación, salud, pensiones, etc.) que han marcado al país durante décadas, con un salario mínimo interprofesional de 300 euros, aproximadamente. Uno de los lemas más conocidos fue el de «no son 30 pesos, son 30 años», el cual resume la tensión estructural que atravesaba al país, y sigue teniendo repercusiones en los días que corren, lo que da cuenta de la complejidad del problema.

Fuente: Wikimedia. Licencia CC-Zero
La aportación de las dos perspectivas, esto es, del enfoque en su conjunto, ofrece aspectos interesantes, no obstante, no es capaz de explicar lo siguiente: ¿Por qué algunos de los conflictos, frustraciones de expectativas o tensiones estructurales devienen movimientos sociales y otros no? ¿Es el entusiasmo, la audacia y la capacidad organizativa de sus activistas lo que permite que ese conflicto se convierta en movimiento social?