2.3. ¿Cómo entender y analizar lo colectivo?
2.3.4. La transformación de lo colectivo en el mundo contemporáneo
Si bien estas teorías y análisis sobre el comportamiento colectivo son de las más populares y estudiadas en Psicología Social, debemos reconocer que los retos a los que se enfrentan las sociedades del siglo XXI han hecho que, en cierta medida, hayan quedado amortizadas o desactualizadas. Aunque su utilidad en ciertos contextos o como base para análisis más profundos es incuestionable, la emergencia de las redes sociales, los efectos sociales de la inteligencia artificial y los algoritmos, la primavera árabe, los cambios sociales que trajo la COVID-19, el cambio en el tablero geopolítico que está provocando la guerra de Rusia contra Ucrania, la emergencia climática mundial, la crisis económica de 2008 o el movimiento 15-M en España (por citar tan solo algunos), reformulan lo colectivo y la acción social de manera evidente.
Es por esto por lo que este subapartado ofrece conceptos que actualizan los procesos colectivos y la acción social al contexto reciente.
Habitar como germen de lo colectivo
Amador Fernández-Savater es un autor que lleva años analizando la emergencia de procesos colectivos y la acción social, especialmente a partir de la emergencia del 15-M en multitud de ciudades de España, y sus posteriores evoluciones tanto institucionalizadas como más informales. En uno de sus trabajos recientes, el autor propone el concepto del habitar como parte de un nuevo paradigma desde el que entender la acción social (Fernández-Savater, 2020). El paradigma del habitar se contrapone al modo en que, durante el siglo XX y aún hoy día, la política ha concebido a la ciudadanía y el modo en que funciona la acción social.
Para el modelo tradicional, la política consiste en una toma de decisiones racional en la que se emprende desde un punto de partida inicial hasta una situación calculada a la que se pretende llegar. En este proceso, lo social y las personas se entienden como una variable más junto a los procesos económicos, políticos, internacionales, etc. Puesto que la política se ha concebido como una acción realizada por personas expertas (en su mayoría, hombres blancos de clase media-alta), realizada en lugares muy específicos (parlamentos, ministerios), atendiendo a variables de una escala macroglobal (PIB, porcentaje de ocupación, densidad de población, intereses políticos particulares, número de contagios, etc.), la transformación social y los cambios demandados por la sociedad en el ámbito local han sido profundamente desatendidos, ya que comúnmente no atienden a las necesidades de las minorías sociales.
Como consecuencia, los procesos colectivos y la acción social han quedado reducidos, descontextualizados y han carecido de sentido y de un horizonte hacia el que actuar para muchas personas. Un ejemplo expuesto por el propio Fernández-Savater es el de la acción social mediante el partido político. El partido, como conjunto de personas organizadas desde los y las líderes hasta la militancia de base que persiguen el cambio social, se encarga de planificar unos fines mediante unos medios, donde la realidad social es abstraída, planificada e intervenida por el partido.
El paradigma del habitar busca explícitamente alejarse de este modo de entender la acción social. Si la premisa central de la política tradicional era el abstraer y operacionalizar la realidad social, habitar implica hacer en el mundo, en la realidad contextualizada y en aquellos lugares donde las personas y lo colectivo emerge y actúa.
En este sentido, habitar supone modificar el enfoque sobre lo colectivo y la acción social a la hora de buscar una transformación social. En lugar de entender que lo social es la «herramienta» que lleva a cabo un programa planificado de antemano para conseguir unos fines que abstrae la realidad a unas variables; el paradigma del habitar parte de aquello que lo colectivo ya es, aquello que ya existe en la cotidianidad de los procesos colectivos que se llevan a cabo en el territorio que demanda una transformación social.
Cuando un investigador o investigadora analiza esta realidad social «tal cual es», aprehende que, en la cotidianidad, el comportamiento colectivo no se rige por variables, no hay patrones estables en la acción social, y lo que es más importante: afloran otros procesos sociales que son invisibles para la acción social tradicional: el cuidado, el acompañamiento o el apoyo propio de las personas específicas que componen este colectivo, ligadas a su propia historia, su cultura, sus biografías, sus sentimientos, fortalezas y debilidades, etc.
En este «hacer juntos» cotidiano de lo colectivo, se parte de lo que este ya es, sin un centro o un punto organizador que homogeniza al grupo, en pro de una suerte de delegación en unos pocos. Es precisamente el poder del todos y todas juntas, en lo concreto de cada situación, desde donde aflora lo que el todo está por encima de las partes para actuar de manera colectiva.
Así, podemos utilizar el paradigma del habitar como el germen que ha posibilitado la emergencia de diferentes plataformas, asociaciones y grupos que buscan transformar la sociedad desde diferentes aspectos o ámbitos sociales: el propio 15-M, la plataforma de afectados por la hipoteca (PAH), movimientos vecinales contra la gentrificación del centro de las ciudades, STOP Desahucios, entre otros muchos.
¿Cómo un simple e «insignificante» saludo de buenos días a tus vecinos puede terminar en una acción colectiva para recuperar el espacio público de tu ciudad? Esto es lo que pasó en un barrio de París en 2017: La revolución de los «buenos días» de París.
El papel de las redes sociales y los algoritmos en el comportamiento colectivo
Hoy, nadie cuestiona que la llegada masiva de los ordenadores e internet a los hogares a finales de los años noventa supuso un hito en cuanto al modo de relacionarnos, la educación, la transformación de las sociedades o el acceso a la información (Castells, 2004; Bauman, 2015). No obstante, en la actualidad, la tecnología e internet siguen sobre la mesa de las y los investigadores sociales a nivel internacional, en base a la evolución que estas nuevas tecnologías han tenido en los últimos años.
En particular, la inteligencia artificial (IA), la masificación de los dispositivos inteligentes (los smartphones y los smartwatch, las cámaras con reconocimiento facial, los dispositivos del hogar digitales y automatizados, etc.), las redes sociales (Instagram, Twitter, TikTok, etc.) o los algoritmos que revisten a estas tecnologías son objeto de estudio a nivel social para conocer sus efectos en las sociedades y en los individuos (tales como privacidad, control, moldeamiento social, etc.), así como sus implicaciones en los procesos colectivos y la acción social.
La película Hater (Jan Komasa, 2020) recoge diversos aspectos sobre el papel de las redes sociales en el comportamiento colectivo, y aunque se trate de ficción, ofrece interesantes reflexiones sobre el asunto que nos concierne.
Las conclusiones de las investigaciones sobre el papel de estas tecnologías en la sociedad son muy diversas, aunque, en conjunto, ofrecen una panorámica general para entender los desafíos a los que los procesos colectivos se enfrentan en la actualidad.
Por un lado, hay investigaciones que destacan el papel de las redes sociales y plataformas de mensajería instantánea (WhatsApp, Telegram, Messenger, etc.) para aumentar y hacer más eficiente la comunicación y la coordinación de diferentes personas, en pro de una acción social promovida por un colectivo (Braccini, 2020). En este sentido, las nuevas tecnologías y la masificación de internet contribuyen a que las personas que comparten una afinidad, ideología o compromiso ético-social puedan localizarse, apoyarse, compartir información y, por tanto, movilizarse y llevar a cabo un proceso colectivo o de acción social.
En este sentido, estudios como los de Lee et al. (2016) comentan cómo las redes sociales tienen dos características esenciales para la acción colectiva. En primer lugar, la información que recibimos frecuentemente llega de nuestras personas conocidas, amistades y familiares, es decir, personas de confianza. Y, en segundo lugar, funcionan como un «altavoz», es decir, potencian y amplifican una información que, de otra forma, sería muy difícil que llegase a tantas personas. Si bien como este propio estudio argumenta, el mero hecho de las redes sociales no garantiza la participación en una acción social ni el comportamiento colectivo -debemos considerar otras variables como los factores sociales y psicológicos de las personas, la actitud hacia la acción social particular que se propone, las posibilidades de participación, etc.-, sí que aumentan las posibilidades de su ocurrencia y, sobre todo, su impacto.
Sin embargo, otros muchos autores y autoras advierten de los nuevos riesgos que surgen con la normalización de estas tecnologías. Uno de los autores más conocidos y que ha trabajado sobre este asunto es Byung-Chul Han. Para Han (2014, 2021), internet en general, y las redes sociales en particular, han provocado un aumento del individualismo en las sociedades contemporáneas. Mediante la premisa de que internet llegó a nuestras vidas para hacernos más libres, comunicarnos más rápidamente y facilitarnos conseguir cualquier cosa que queramos ser o hacer, el autor coreano plantea que lo que realmente ha ocurrido es un mayor aislamiento para con los demás, un mayor sometimiento de las personas y una sobreexplotación de nosotros mismos, especialmente en términos laborales y económicos. Y todo esto no contribuiría a la acción social y a la creación y mantenimiento de lo colectivo.
El argumento de Han para tal afirmación se basa en que estas nuevas tecnologías han supuesto un salto cualitativo en la profundización de los problemas del neoliberalismo contemporáneo:
- En primer lugar, mediante los algoritmos y la IA es mucho más fácil recabar información personal (preferencias políticas, culturales o sexuales; compras, lugares visitados, frecuencia de conexión o acceso, viajes, etc.) de millones de personas para analizarla e influir en sus selecciones, preferencias de compra, e incluso predecir sus comportamientos.
- Esta capacidad de medición llega hasta lo más íntimo y personal, como nuestras emociones (los «me gusta» o «me enfada» de Facebook son una evidencia en este sentido) o nuestros propios hogares (por ejemplo, con los televisores inteligentes que recaban datos de cómo nos comportamos en nuestro hogar o con los smartphones que llevamos veinticuatro horas al día encima), lo que conlleva que cualquier aspecto social es mensurable, cuantificable y comparable para ser gestionado con fines económicos.
- Además, la flexibilidad y las mayores posibilidades de comunicación, de trabajo o de elección desdibujan las fronteras entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, lo que incentiva el estar disponible para cualquier requerimiento cualquier día de la semana, a cualquier hora (el teletrabajo en el momento de pandemia es un buen ejemplo de esto), aumentando la tensión psicológica por no poder desconectar, la autoexplotación y la competencia o competición entre individuos. Como resultado, nuestra sociedad se convierte en un conjunto de individuos con mayores posibilidades de sufrir problemas de salud mental, como depresión, ansiedad y cansancio, y cuyo tiempo libre se reduce a consumir y mantener el modelo neoliberal de mercado. Y esto desincentiva la acción social.
- Finalmente, esta profundización en los planteamientos neoliberales se lleva a cabo de manera amigable, muy sutil, sin imponer o coaccionarnos con un gran castigo o con consecuencias negativas. De hecho, es tan imperceptible que no querer trabajar todos los días, no ser un gran emprendedor o emprendedora o no querer exponer nuestra intimidad en redes sociales está socialmente mal visto. Esto nos hace sentir culpables y finalmente nos hace ceder ante la presión social, lo que refuerza el circuito de la individualidad y la competencia frente al del colectivo y el apoyo mutuo. Y todo esto, sin un ápice de castigo por parte de una institución o del Estado: nosotras y nosotros mismos nos convertimos en nuestro propio «Gran Hermano» autovigilante. Así, según Han, se dificultaría profundamente la acción colectiva, la cooperación y la colaboración en pro de una transformación social.
Asimismo, la pensadora Remedios Zafra (2017, 2021) también ha analizado los efectos de las redes sociales en los procesos colectivos y ha advertido de los cambios que estos están padeciendo por la emergencia y la normalización de las plataformas, internet y las tecnologías digitales. Sus análisis son muy interesantes de abordar, pues en ocasiones complementan los de Han, pero en otros momentos cuestionan el general carácter negativo y pesimista a priori del autor surcoreano.
- La cultura de lo digital favorece la rapidez y la vorágine en las relaciones y el trabajo, lo cual nos hace imponernos objetivos y metas inmediatas, donde todo parece tornarse efímero y temporal. El tiempo para pensar, para los vínculos profundos o para el compromiso auténtico parecen haberse diluido (las nuevas formas de relacionarse mediante aplicativos de relacionamiento como Tinder o Grindr son muy efímeras).
- Esto conlleva un malestar generalizado, amplificado y reforzado por el individualismo y el hedonismo de la nueva cultura digital y tecnológica. Bajo los postulados de un entusiasmo y un esfuerzo por dar lo mejor de uno mismo o una misma, sacar la mejor versión de ti o invertir en nosotros y nosotras mismos, finalmente acabamos siendo autor o autora explotados o explotadas, pagados o pagadas con el efímero y hedonista placer de tener más seguidores y seguidoras, likes, o el tomar psicofármacos y otras drogas que solo nos remiten a seguir produciendo y ser explotados y explotadas.
- Pero tanto este malestar como las posibles vías de escape o el planteamiento de otras alternativas, Zafra las sitúa en el espacio local, en las dinámicas cotidianas y locales del día a día. En el caso de la pandemia de la COVID-19, la autora identifica cómo este gran acontecimiento mundial ha servido para que no solo nos contagiemos de un virus microbiológico, sino que el cansancio psicológico y emocional o la visibilización de la precariedad de muchos empleos también se ha propagado a raíz de los confinamientos y los cambios micro-cotidianos. De este modo, el contagio social funcionaría como una palanca para movilizar la acción social en espacios locales que, sumados y articulados en diferentes lugares, contiene la potencia para una transformación social a una escala macro.
Una consecuencia que se desprende de la masificación de la información mediante las redes sociales y los algoritmos es el aumento de la información disponible y, principalmente, de las fuentes de información. Hoy día, con un smartphone conectado a internet que nos acompaña continuamente, cualquiera de nosotras y nosotros puede compartir información, opinar o conectar con el perfil oficial de una institución o una persona conocida. A este fenómeno, Han lo denomina la sociedad del enjambre. El enjambre sería aquel lugar en el que las avispas (cada persona) vive conectada con el resto de los miembros de la sociedad, en la que todas emiten mucha información, pero esta no comunica, no es valiosa: se trataría de un constante ruido de fondo, como el que se emite en un enjambre, pero que nos mantiene anestesiados, sin posibilidad de vinculación o de organización con los demás.
Así, el exceso de información que producimos y que consumimos conlleva una paralización y una gran dificultad para crear un conocimiento válido para tomar una decisión o para saber qué creer o en quién confiar. De este modo, tal como ocurre en un enjambre, los algoritmos y la IA terminan por canalizar hacia unas pocas posibilidades toda esa información sobre nuestras preferencias y gustos. Por ejemplo, ver la última serie de moda de terror o la de comedia, comprar las últimas zapatillas deportivas o urbanas, pedir la hamburguesa de una conocida cadena o la pizza de otra franquicia. Por tanto, acabamos homogeneizados, delegando nuestras decisiones cotidianas en algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos.
De este modo, los procesos colectivos y la acción social quedan disueltos en las decisiones que como individuos tomamos. Decisiones influidas y moldeadas de manera continua por los algoritmos y la información que emitimos y recibimos de las redes sociales. La reflexión que surge ahora es: con las redes sociales y la IA (inteligencia artificial), ¿realmente se disuelve lo colectivo o, en cambio, surge una nueva socialidad, un colectivo digital que se comporta y actúa de otros modos y por otros medios que aún debemos explorar y analizar?
En definitiva, para Han, la prometida libertad de internet y las redes sociales se ha convertido en pocos años en una nueva sumisión, mucho más sutil y menos evidente (y, por tanto, más difícil de detectar, combatir y transformar), que a la vez que nos permite vincularnos con el otro lado del mundo, nos aísla de los demás; esto hace que en una sociedad hiperconectada como la nuestra, emerjan multitud de informaciones de las que no sepamos distinguir qué es real de lo que es falso, un bulo, o una fake new, problemáticas de las actuales sociedades contemporáneas. Pero Zafra, ampliando y profundizando los argumentos de Han, ofrece un interesante contrapunto bajo el cual ofrece diferentes lugares y posibilidades de resistencia en los espacios locales en los que cada uno de nosotros y nosotras habita, somos interpelados y tenemos responsabilidad, pero también posibilidad de acción.
Para reflexionar…
¿Cómo se podría analizar la organización de una asociación internacional de activistas por el medio ambiente desde los conceptos y autores que hemos visto en este apartado? ¿Y un banco de alimentos local autogestionado?