3. Los movimientos sociales: ¿qué son?, ¿por qué estudiarlos?, ¿cómo estudiarlos?

3.2. ¿Por qué estudiar los movimientos sociales?

3.2.2. Recurrencia histórica como producto de los sujetos gobernados

Los movimientos son creaciones inéditas y a la vez recurrentes de nuevos sujetos políticos o de nuevos temas políticos y, generalmente, con innovaciones en el repertorio de acción colectiva. Dibujan una nueva realidad y lo hacen, además, con creaciones innovadoras que se anticipan a su tiempo.

No son anécdotas pasajeras ni tampoco excepciones históricas. Son, por el contrario, una de las variables centrales de la historia. Lo raro no es protestar, sino lo contrario. Immanuel Wallerstein (1997) empieza uno de sus libros afirmando que «la oposición a la opresión es consustancial a la existencia de sistemas jerárquicos». No pocas veces esa oposición, esa indignación, se ha hecho latente mediante la creación del construir común, del deseo de libertad, de singularidad, de potencia como diferencia radical con el poder. La historia es un recorrido infinito en el cual siempre se encuentran esas agregaciones colectivas: por ejemplo, las revueltas de la población negra esclavizada en Brasil  y la creación de lugares de resistencia como los quilombos, los movimientos de las sufragistas por el derecho al voto en Inglaterra, las primeras expresiones asociativas y de socorro mutuo de lo que después se reconoció como movimiento obrero en Alemania, o ya en el siglo XXXXI, los movimientos por los derechos de la población negra, pacifistas, ecologistas, estudiantiles o contraculturales.

Es de interés, por tanto, observar cómo esos sujetos inicialmente percibidos como débiles se organizan, se construyen, se narran de otros modos a los del poder y, cómo minorías activas, pasado un tiempo, generan una dinámica de acción colectiva contenciosa para modificar su situación. En este campo es de obligada referencia la obra de EP Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra (2012), donde el autor muestra que las clases, lejos de ser fenómenos dados, surgen por la dinámica asociativa.

La dinámica es sin duda compleja y a la vez rica para todas las personas interesadas en la producción de sociedad. Ofrece un plano analítico en lo que se conoce como subjetividad; refiriéndose al movimiento feminista, Rosi Braidotti (2000, p. 193), dice:

«(…) elaborar una subjetividad política feminista requiere como condición previa reconocer que hay una distancia entre la mujer y las mujeres de la vida real. Teresa de Lauretis definió ese momento como el reconocimiento de una diferencia esencial entre la mujer como representación (la mujer como imago cultural) y la mujer como experiencia (las mujeres reales como agentes de cambio).»

Este plano de producción de diferencia, de creación de otras representaciones sociales, es clave en todos los movimientos. Estudiarlo en detalle es sin duda un tema central en las ciencias sociales. ¿Cómo las mujeres empiezan a pensarse y autopercibirse de forma diferente a la que lo hace el poder? ¿Cómo lo hicieron los obreros del siglo XIX? A modo de fábrica de porcelana surgen procesos constituyentes lentos, multicausales, de discusiones de tú a tú, que generan en un determinado momento, tal vez por factores desencadenantes, una voz pública, otra representación, un nuevo sujeto –llámesele obrero, mujer, negro, indígena, transexual, lesbiana o queer– que ya no admite ser un nadie, que se subjetiviza, que deviene un actor público, político, y que recurre a la herramienta que tienen los sujetos gobernados: juntarse con otros y empezar una ruta de movilización que haga su vida mejor.