3.3. Los enfoques teóricos de estudios de los movimientos sociales
3.3.4. El enfoque del proceso político
Este es un enfoque que trata de explicar no unos determinados movimientos sociales (como presuponía el enfoque anterior), sino la emergencia y el impacto de gran parte de los movimientos sociales. Parten pues de las carencias de los enfoques del comportamiento colectivo y del enfoque de la movilización de recursos, y del hecho de que la emergencia de la mayoría de los movimientos sociales presentes en la historia moderna no puede atribuirse ni a las necesidades de la gente ni a la desorganización de las sociedades ni tampoco a la capacidad estratégica de los primeros activistas.
Por contra, el carburante y la energía de los movimientos sociales surgen de la existencia de un proceso político que da lugar a la apertura de una oportunidad política, entendida como una circunstancia que posibilita conseguir objetivos programáticos a un coste menor (Tilly, 1978), que los movimientos saben utilizar. Los movimientos, por tanto, se relacionan más con las oportunidades y menos con las privaciones y dificultades. Toca, pues, tratar de las dimensiones de las oportunidades políticas para los movimientos sociales, de la mano de Sidney Tarrow y Charles Tilly, dos de los analistas más influyentes de este enfoque.
Ambos hablan de estructura de oportunidad política para referirse a las dimensiones del entorno político que ofrecen incentivos para que la gente participe en movimientos sociales, dado que afectan a las expectativas de éxito o fracaso. Lo hacen cuando se producen cambios en la estructura de oportunidad política que facilitan la dinámica de los movimientos sociales. En concreto, las dimensiones del proceso político que favorecen el crecimiento de las oportunidades políticas son las siguientes:
- El grado de apertura o cierre de la estructura política a nuevos actores sociales. Los movimientos aparecen no cuando las oportunidades para participar están cerradas, sino cuando existe un acceso parcial, esto es, cuando existen posibilidades, difíciles, pero no imposibles, de franquear los muros de la participación.
- Los cambios en los alineamientos de los Gobiernos. Cuando hay inestabilidad política y electoral es más fácil que surjan movimientos sociales. La inestabilidad es un factor que fomenta la acción colectiva.
- La disponibilidad de personas aliadas influyentes. La presencia de personas aliadas influyentes también es otro de los factores que incentiva la emergencia de movimientos sociales, dentro del sistema político, judicial o mediático. Sin ellas es muy dificultoso el nacimiento de un nuevo movimiento social. Asimismo, también puede ser una oportunidad un acontecimiento que genere indignación por los opositores del movimiento o ante una noticia viral que provoque respaldo popular a las reivindicaciones de la organización.
- Las divisiones entre las élites. Estas divisiones incentivan a los grupos con menos recursos a utilizar la acción colectiva contenciosa. Encuentran, en el mejor de los casos, a personas aliadas o, en otros, a terceros contendientes que pueden mediar entre ellas y las autoridades.
El cruce de diversas oportunidades políticas en un territorio y tiempo específico generaría una estructura determinada de contienda política. Es decir, una amalgama de posibilidades que un movimiento social puede utilizar a su favor como si se tratara de recursos externos, una interacción multidireccional y cambiante entre colectividades políticas que podría graduarse desde la alianza hasta la oposición. Este aspecto es precisamente en el que se separa más la teoría de movilización de recursos de la teoría de la estructura de las oportunidades políticas. Mientras que la primera se centra especialmente en los recursos internos, tratando el movimientismo como una forma de emprendimiento político, la segunda enfatiza la importancia de circunstancias externas de las que el movimiento tiene poco o ningún control, más allá de aprovecharlas mediante la confrontación. Con este fin, los movimientos utilizarán un conjunto de prácticas para el enfrentamiento contra sus opositores y las autoridades, al que se denomina repertorio de confrontación.
Desde una perspectiva sociohistórica, podemos ver cómo estos repertorios de confrontación han ido modificándose de forma considerable. Siguiendo a Tarrow y Tilly, podríamos sintetizar los principales cambios de la siguiente manera:
1. Repertorios de confrontación antiguos. Son los que se utilizan con anterioridad al siglo XVIII. Estos se basaban en acciones de tipo directo, violento, episódico y sin una organización que durara en el tiempo, como la ocupación de tierras, los tumultos por la muerte de un miembro de la comunidad o las guerras de religión (Tarrow, 2012).
Un ejemplo de estos repertorios serían los tumultos por pan analizados por E. P. Thompson (2019). Se producían en diferentes partes de Europa del siglo XVI, cuando los precios del grano y el pan aumentaba por encima de lo que la población consideraba justo. En esas circunstancias la población se organizaba para ocupar graneros y molinos. Y una vez tomados estos espacios, se incautaba el producto, que se vendía a un precio mucho más bajo.
Otro ejemplo propuesto por Tarrow son las quemas de las oficinas de recaudación de impuestos de la Corona inglesa en las colonias norteamericanas durante el siglo XVIII. En tales confrontaciones, los asaltantes llegaban a ahorcar a los recaudadores de impuestos de forma pública, en protesta por la alta presión fiscal hacia los colonos.
Como podemos observar, en estas confrontaciones se buscaba un enfrentamiento directo con el opositor –el especulador de grano, el recaudador de impuestos– y sobre el que se ejercían daños físicos, pero rápidamente se disolvían, una vez realizada una acción confrontativa, y no generaban organizaciones que mantuvieran una estrategia a medio o largo plazo.
2. Repertorios de confrontación nuevos. A finales del siglo XVIII se consolida otro repertorio de confrontación que se caracteriza por ser indirecto, pacífico y sostenido en el tiempo por entramados organizativos: como las manifestaciones, las concentraciones, las acampadas, la recolección de firmas o la huelga. Es más, estas acciones son modulares, en tanto que se pueden adaptar a muchos contextos diferentes.
Un ejemplo histórico es el abolicionismo británico realizado entre 1780 y 1833, que culminó con el Acta de Reforma que prohibía la posesión de esclavos. Este movimiento aglutinaba una amalgama de organizaciones protestantes, católicas, ateas, reformistas, laboralistas y civiles que convergían en el abolicionismo. Su estrategia de confrontación se basó en el peticionismo masivo, derivado de la práctica peticionista en la que ciudadanos británicos pedían a los parlamentarios reformas de todo tipo mediante el uso de correspondencia. Es decir, decidieron enviar masivamente cartas al Parlamento británico en las que los asociados a tales organizaciones y ciudadanos de a pie expresaban la necesidad de prohibir el tráfico y la posesión de esclavos.
En este caso podemos ver claramente que:
- Se basa en una práctica indirecta, ya que no recurre a una confrontación directa contra los traficantes o poseedores de esclavos, sino a una institución parlamentaria para que prohíba sus actividades.
- Utiliza un medio pacífico pero disruptivo, es decir, que afecta a la cotidianidad de la institución interpelada: la recepción de este envío masivo de cartas provocaba interrupciones en el funcionamiento regular de la institución y una presión mediática derivada de la singularidad de tales acontecimientos.
- Se sustentaba en un entramado de organizaciones diversas que podían ser opositoras en otros temas (religiosos, políticos, sociales, etc.), pero que coincidían en su rechazo a la práctica de la esclavitud.
Ahora bien, este cambio de un repertorio antiguo de confrontación a uno nuevo, que explicaba los cambios conductuales en enfrentamientos sociales, no se dio en bloque ni de forma totalizadora. Los exponentes de esta teoría señalan que antes del siglo XVIII se podían encontrar confrontaciones entre católicos y protestantes, sostenidas organizativamente y durante largos periodos de tiempo mediante sus diferentes organizaciones religiosas. También en la época contemporánea podemos encontrar ocupaciones de tierra, un tipo de confrontación propio del repertorio antiguo. Por ejemplo, en las ocupaciones para el cultivo ejercidas por el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) de Brasil (Rodríguez, 2018) o la ocupación de solares para la autoconstrucción de vivienda en Río de Janeiro (Gledhill, 2010).
De esta forma, lo que defiende este enfoque es que el cambio fue gradual. Y se debió a que ciertas circunstancias actuaron como oportunidades políticas, de las que los movimientos tenían un relativo o escaso control, pero que facilitó prácticas del repertorio de confrontación nuevo. Estas circunstancias fueron:
1. La circulación de la letra impresa, que se manifestaba en el surgimiento de panfletos, diarios, libros y correspondencia. Posibilitada por la invención y difusión de la imprenta, la circulación de la letra escrita permitió difundir ideas y acontecimientos que incitaban a la confrontación.
De esta forma, el abolicionismo británico se inspiró en las ideas de la Revolución francesa que tuvo lugar en 1789, y a su vez los revolucionarios franceses se inspiraron en la victoria de la Revolución americana que estalló en 1765.
Es de señalar que durante esta época tiene lugar un crecimiento exponencial de panfletos y diarios que abordaban asuntos sociales, que permitían a ciudadanos de un país inspirarse en las confrontaciones que se daban en otras partes del mundo; además de poder informar a sus miembros de las acciones confrontativas que una organización ejerciera en diferentes localidades. El propio peticionismo masivo que hemos expuesto anteriormente es una acción que aprovecha la circulación de la letra impresa al máximo: colapsar el Parlamento británico, pero también procurar la publicación de cartas en los diarios de la época.
2. El surgimiento del asociacionismo permitía coordinar acciones en territorios amplios que desbordaban el ámbito local y sostenerlas a lo largo del tiempo. Ya existían organizaciones religiosas y comerciales antes del siglo XVIII, pero es a finales de este siglo cuando se convierten en un fenómeno habitual el surgimiento de organizaciones de carácter secular que tienen objetivos que no implican necesariamente el interés privado.
Volviendo al ejemplo del abolicionismo británico, existían asociaciones laicas conformadas por ciudadanos libres que no iban a conseguir ningún beneficio económico de la prohibición de la esclavitud.
3. La consolidación del Estado moderno posibilitó la centralización de la autoridad, lo que permitió acciones indirectas hacia gobiernos y órganos estatales de cara a generar otras políticas. Al existir un Estado moderno, existía un parlamento o una jefatura del Estado a la que plantear las reivindicaciones. Como nos recuerda Tarrow, no era un objetivo en la consolidación del Estado moderno facilitar la ejecución de un repertorio de confrontación nuevo, pero paradójicamente ha sido un elemento posibilitador.
Estas tres oportunidades políticas entretejían una estructura multifactorial que posibilitó trasladar gradualmente las formas de confrontación antiguas por las nuevas (Tarrow, 1993; Tarrow, 1996). Y, de hecho, siguen operando hoy día a la vez que siguen evolucionando hacia nuevas formas. De la misma forma que la circulación de la letra impresa permitió la coordinación y difusión de formas de confrontación, las redes sociales abrieron nuevos canales de comunicación y organización que, entre otras posibilidades, contribuyeron a la creación y difusión de acampadas en zonas públicas durante la primera década del siglo XXI, para exigir reformas democráticas y económicas en las últimas décadas.
El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi, un joven tunecino de 26 años, se inmoló públicamente como protesta por la confiscación de su puesto de frutas por parte de las autoridades. Fue un caso de desesperación que inició acampadas en las principales ciudades de Túnez para exigir mejoras democráticas en el país. Rápidamente, estas protestas se extendieron por la franja norte africana en lo que se conoce como Primavera Árabe, nombre que es un guiño a las revueltas obreras de 1848 conocida como la Primavera de los Pueblos.
El 15 de mayo de 2011 se repetiría un fenómeno similar conocido como el 15M, en el que diferentes colectivos como Democracia Real Ya, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Jóvenes sin Futuro, ATTAC y ciudadanos de a pie comenzaron a ocupar las principales plazas de municipios del Estado español. Sus reivindicaciones eran enormemente plurales y amplias, pero iban mayormente en la dirección de democratizar instituciones para evitar un trato político preferente a las entidades financieras y bancarias que habían iniciado la crisis mundial mediante la venta de activos tóxicos: paquetes de acciones que no iban a generar beneficio a sus compradores porque mayormente eran hipotecas que no se podían pagar.
El 17 de septiembre del mismo año se daría la acampada del Zucotti Park, en pleno Wall Street, el distrito financiero de Nueva York. Inspirados en el 15M, se reivindicaba la necesidad de vigilar a las entidades financieras que habían provocado una crisis global.
Como explican Toret (2015) y Graeber (2013), estos movimientos estaban interconectados por medio de las redes sociales, a lo que se suma que las acampadas se convertían en un ecosistema de diferentes colectivos que mantenían la confrontación con las autoridades: desde grupos reformistas hasta a anarquistas, feministas, migrantes, anticapitalistas, etc. Y sus reivindicaciones, aunque de forma difusa, se dirigían hacia los gobiernos y órganos estatales de sus respectivos países, a los que acusaban de dejación de funciones. Tales acciones utilizaban las oportunidades políticas mencionadas para ejercer acampadas que respondían al nuevo repertorio de confrontación: eran mayormente indirectas, pacíficas y organizadas con el objetivo de sostenerse más allá de un episodio puntual.