3. Los movimientos sociales: ¿qué son?, ¿por qué estudiarlos?, ¿cómo estudiarlos?

3.4. Elementos adicionales para la investigación en movimientos sociales

3.4.4. La no conveniencia de tomar el movimiento social como unidad de análisis

La segunda línea argumental adicional para el estudio de los movimientos sociales refiere a la necesidad de estudiarlos en plural. La mayoría de la investigación parte todavía de una concepción del movimiento social como unidad de análisis. Ello provoca problemas que dificultan incluso la propia comprensión de los mismos movimientos. Doug McAdam (2002, p. 244) lo expresa de forma clara; dice lo siguiente:

«(…) la persistencia de ciertas convenciones metodológicas y conceptuales en este campo continúa oscureciendo, a mi juicio, varias verdades simples que para los activistas son evidentes desde hace ya mucho tiempo. Estas verdades incluyen los cuatro enunciados siguientes: 1) los movimientos sociales no son entidades discretas, semejantes a organizaciones; 2) en general los movimientos sociales son inseparables de las familias de movimientos, más amplias e ideológicamente coherentes (della Porta y Rucht, 1991), en la que están enclavados; 3) como ya hace tiempo ha dicho Sydney Tarrow (1983, 1989), lo que tendríamos que tratar de explicar es el surgimiento y la caída de estas familias o ciclos de protesta; 4) la mayor parte de los movimientos sociales tienen como causa otros movimientos sociales y las herramientas tácticas, organizativas e ideológicas que proporcionan a luchas posteriores».

Tomar seriamente las verdades sugeridas por McAdam implica focalizar la atención no en los movimientos sociales como unidades de análisis, y sí en los ciclos de protesta en los cuales se inscriben. Los denominados ciclos de protesta forman parte sustancial del enfoque teórico propuesto por Sydney Tarrow. Los entiende como una oleada de acciones colectivas -y las reacciones que suscitan- cuya frecuencia, intensidad y formas primero crecen y después declinan con una cierta proximidad cronológica, extendiendo el conflicto por todo el sistema social, desde los sectores tradicionalmente más movilizados a los menos movilizados e induciendo a la vez una renovación de los repertorios de acción colectiva. El primero de los modernos ciclos de protesta surge alrededor de 1848 y finaliza en el período de entreguerras, en el que el movimiento obrero es su máximo protagonista y el inductor de una parte sustancial del desarrollo societario posterior. El segundo ciclo moderno de protesta transcurre en su fase de apogeo entre la década de los sesenta y los primeros años de los ochenta, período en el que emergen los llamados nuevos movimientos sociales. Finalmente, en la segunda mitad de los noventa, se constatan los inicios de un nuevo ciclo de protesta que llega hasta las primaveras árabes, los 15-M y los movimientos de indignados alrededor del planeta.

Este segundo elemento indica que deben ubicarse los movimientos dentro del ciclo de protesta, una familia de movimiento más amplia y situada cronológicamente en sus alrededores. Esta teoría nos permite entender de una forma positiva el contagio dentro de los movimientos: es más fácil la emergencia de nuevos movimientos cuando previamente han surgido otros en un período relativamente corto de tiempo.