5. Grupos, colectivos y movimientos sociales: reflexiones desde la acción institucional

5.3. Entre lo instituyente y lo instituido

5.3.1. Introducción

A continuación, antes de profundizar en las relaciones entre los espacios activistas e institucionales desde el lado de la Administración pública, realizaremos un primer ejercicio de exploración de lo que entendemos por institución. Pero lo haremos con una atención especial a aquellas dimensiones de la institucionalización más directamente relacionadas con los derechos sociales, es decir, sobre la provisión de prestaciones y servicios sociales del Estado, ya que es este el espacio preferente de las y los profesionales de la intervención social y comunitaria, ya sea desde la psicología, la educación social o el trabajo social.

Desde una lectura sociohistórica, autores como Michel Foucault analizaron cómo las instituciones que constituyen el Estado moderno toman como modelo el diseño carcelario del arquitecto y filósofo Jeremy Bentham. Este diseño recibe el nombre de panóptico, combinación entre pan (todo) y opticon (visión). Es decir, es un diseño que permite observar la totalidad del espacio interior. Este sistema permite hacer visible todos los cuerpos de los prisioneros. En combinación con un régimen de premios y castigos, se promueve una internalización de una conducta disciplinada. Esta es una reorganización del poder que Foucault encuentra en la base del resto de las instituciones modernas, como son los cuarteles, los hospitales y los colegios, que tienen el objetivo de normativizar la conducta. Por otro lado, Erving Goffman también analizó cómo los hospitales psiquiátricos impiden a sus propios pacientes construir su identidad, siendo esta provista por las autoridades de la institución. Esto se debe a un conjunto de prácticas que desconectan al paciente de su anterior identidad. Requisar todas las posesiones, impedir el contacto con el exterior y estructurar todas sus actividades en horarios son prácticas que convierten a la institución psiquiátrica en una institución total, que reglamenta en su totalidad la vida del paciente. Para Goffman, las cárceles y los cuarteles son también ejemplos de instituciones totales ya que, junto con los hospitales psiquiátricos, totalizan los aspectos de la vida de una masa de personas bajo las normas establecidas por una autoridad superior. Ambos enfoques muestran que las instituciones rigen la vida social en su interior, tratando de moldear la conducta de los individuos mediante la norma y el constreñimiento. Ahora bien, mientras que Foucault afirmaba que todas las demás instituciones habían sido modeladas como reflejo de la lógica panóptica, Goffman acotó su análisis únicamente a lo que consideraba como instituciones totales, dejando aparte el resto de las instituciones. No obstante, los aspectos en común de ambos autores han inspirado a otros a reflexionar sobre la relación entre instituciones y políticas.

Sería el caso de Jacques Rancière, que consideraba que debía diferenciarse entre dos tipos de acciones, entendidas respectivamente como la actividad policial y la actividad política. La primera versaría en mantener y reproducir un orden social, invisibilizando las voces o las personas que no se adaptaran a este. A este respecto, Rancière convergería con los análisis de Foucault y de Goffman en que ciertas instituciones buscan únicamente reproducir el modo en que uniformizan la sociedad conforme a su funcionamiento interno. La segunda, en cambio, se centraría en impugnar la actividad policial mostrando voces discordantes, imaginando otras formas de organizarse y reivindicando identidades subalternas. En resumen, la actividad policial buscaría mantener un orden social mientras que la labor política aspira a su quiebra e impugnación (Quintana, 2013; Rancière, 2006). Esto podría provocar una interpretación antiestatista de Rancière, según la cual las instituciones ejercen actividad policial y solo las acciones ajenas a las instituciones son genuinamente una actividad política. Ahora bien, tal como nos explica Eulalia Borja (2017), esta es una concepción reduccionista que imposibilita analizar la interacción entre ambos tipos de dinámicas, pues la labor política no es necesariamente y en todo momento contraria a la institución, sino que busca cristalizarse en las instituciones para mantener los efectos de un acontecimiento transformador.

Este asunto nos permite introducir otro concepto clave, que es el de imaginario social de Cornelius Castoriadis (Aguledo, 2011; Castoriadis, 1983). Para Castoriadis, el imaginario social es aquella imagen inmaterial de quiénes somos y cómo debemos comportarnos. El imaginario social instituido es aquel que ya se encuentra normalizado, como en las normas o en las tradiciones. Pero también se pueden crear imaginarios sociales instituyentes, que provean una imagen de lo que podría ser, que es transformadora de la realidad existente. De este modo, Castoriadis defiende una praxis instituyente, concebida como la práctica de imaginar otros mundos posibles.  Este sería el primer paso de cara a movilizarse por convertir tales mundos posibles en mundos existentes. Ahora bien, lo central para Castoriadis es que siempre se mantenga una maniobra constante de autogobierno, en la que el imaginario instituido sea condición de posibilidad de nuevos imaginarios instituyentes. En este sentido, no basta con instituir lo que al principio es solo una imagen imaginada: nuevas formas de relación económica, de género, de políticas públicas, etc. Lo central es que no se paralice la propia labor de imaginar. Una concepción que enraíza con Rancière, en tanto que también defiende un movimiento constante para que la labor instituyente (política) se mantenga mediante las formas instituidas, sin impedir que surjan nuevas en un futuro (Dardot, 2019).