5. Grupos, colectivos y movimientos sociales: reflexiones desde la acción institucional

5.3. Entre lo instituyente y lo instituido

5.3.2. La interacción entre instituciones y movimientos sociales

Una vez expuestas todas estas herramientas conceptuales, podemos profundizar en la reflexión sobre la interacción entre las instituciones y los movimientos sociales. El punto de partida sería la siguiente pregunta: ¿las instituciones que tienden un movimiento centrípeto (cerrarse hacia el interior) podrían realmente adaptarse a tales dinámicas centrífugas (abiertas hacia el exterior)?

Desde los itinerarios de atención psicológica realizados en el case management, se ha propuesto el concepto de extitución, referido a las prácticas que se organizan en diferentes organizaciones que colaboran adaptándose singularmente a cada caso (Domènech et al., 1999). Estos itinerarios, a diferencia de los propios de las instituciones analizadas por Goffman o Foucault, se desarrollan en varios lugares diferentes de atención: con variabilidad en los contactos y recursos utilizados y adaptando la atención de forma muy personalizada. Es un tipo de intervención aplicada desde la mirada comunitaria, que evita la lógica uniformizadora y de control a la interna. En su lugar, se centra en las necesidades de cada caso aprovechando una red comunitaria.

En los movimientos sociales también podemos encontrar casos de espacios que sirven como redes comunitarias, que en vez de uniformar la realidad conectan a personas y organizaciones de cara solventar situaciones de crisis. Aunque puedan ser consideradas redes informales por no ser parte de la Administración pública, presentan un conocimiento del territorio y sus necesidades más denso; cuentan con vínculos entre los vecinos de los municipios y movilizan recursos en clave redistributiva. En otras palabras, logran llegar más lejos que las instituciones al no estar constreñidas por sus inercias burocráticas, que dificultan a las personas afectadas lograr recursos de supervivencia por la complejidad de los procedimientos administrativos y la falta de recursos públicos.

Ante estas opciones de colaboración, como ya señalábamos desde una perspectiva mucho más general en el apartado «4.4. Institucionalización: ¿éxito o fracaso, también existen debates crónicos en el seno de los movimientos sociales sobre si deberían colaborar con las instituciones, centrarse en crear sus propias redes de apoyo mutuo o realizar una combinación de ambas estrategias. Hay colectivos como la PAH que defienden una colaboración proactiva con las instituciones, para conseguir recursos y cambios de políticas públicas que faciliten la lucha por el derecho a la vivienda; pero también existen posicionamientos más críticos, como el de los Sindicatos de Manteros, que ven las instituciones como actores hostiles a su actividad. La respuesta no es unánime entre los movimientos sociales, y lejos de ser una temática meramente teórica la relación con las instituciones determina en buena medida la estrategia que puede escoger un movimiento social: si priorizar cambios institucionales o generar dinámicas externas a tales instituciones.

Del mismo modo, también se abre la posibilidad del debate desde la perspectiva de la Administración pública. María Rosa Herrera et al. (2016) plantean la defensa de un trabajo social que se despliegue en interacción con los movimientos sociales, poniéndose a disposición de las redes que estos generan. De esta forma, se puede conocer mejor el territorio, sus necesidades y cómo satisfacerlas. Es un planteamiento análogo al de García y Martínez (2018), que defienden que las y los trabajadores sociales deben modular su atención a los usuarios de servicios sociales mediante las dinámicas asamblearias en clave colectiva que se dan en los movimientos de vivienda.

Estos planteamientos defienden una mímesis de las prácticas movimientistas como forma de retornar a una forma de entender las profesiones de la intervención social desde una perspectiva crítica: más pendiente de conseguir el bienestar de los usuarios que en seguir procedimientos acríticos y burocratizados de intervención. Esto supone una puerta para generar nudos políticos (Quintana, 2013) e imaginarios sociales instituyentes que busquen acercar a los trabajadores de la Administración pública a las lógicas de los movimientos sociales, en un proceso de adaptación a los ritmos, necesidades y complejidades de los territorios.

«Enfocando esta situación desde la mirada disciplinar podemos decir que la densificación de las redes de colaboración entre los diversos movimientos ha ido produciendo un proceso de empoderamiento colectivo con profundo impacto en los territorios de intervención, pero también en las instituciones, lo que ha promovido la ecología de saberes entre los diversos actores involucrados en estos procesos. Por otro lado, estos procesos constituyen una riqueza que reconfigura el campo profesional. Se tratará pues, de reforzar, desde el Trabajo Social, ese entramado de vínculos que se viene trenzando y apostar por fortalecer las organizaciones territoriales como motores de las transformaciones sociales. En definitiva, el contexto social actual en el que las relaciones sociales cada vez son más fragmentadas y el desarrollo individual se basa en la soledad de las nuevas tecnologías, estos movimientos sociales suponen una práctica sobre el refuerzo de los lazos vecinales y sociales para el enriquecimiento del sujeto».

Herrera et al. (2016, p. 49)

En esta línea, podríamos encontrar que la interacción entre instituciones y movimientos genera extituciones, en el sentido de redes amplias que permiten cristalizar imaginarios instituyentes en un ejercicio constante y permanente de autogobierno. Las quiebras a las que no podrían hacer frente las instituciones, como la falta de recursos y una burocracia constreñida, podrían ser suplidas por la acción de los movimientos sociales. Y, además, invitar a las instituciones a realizar un ejercicio mimético en el que aprendan a relacionarse con el territorio sin la necesidad de normativizaciones que impidan la capacidad de autogobierno. Ahora bien, la interacción con las instituciones puede provocar un ejercicio de mímesis en sentido contrario: los movimientos sociales modulan sus prácticas para que sean más parecidas y compatibles con la lógica de las instituciones, hasta el punto de que el movimiento social deviene en un apéndice o extensión de la Administración pública (Meyer, 2014). Este proceso podría verse como positivo en sí mismo, ya que implicaría un alto grado de coordinación entre movimientos e instituciones, pero tales interacciones pueden devenir en contradicciones.

Generar un imaginario instituyente, que deje la puerta abierta al autogobierno como reclama Castoriadis, no es una consecuencia automática ni mecánica en la interacción con las instituciones: la movilización de un imaginario social instituyente y un inmovilismo instituido puede trasladarse al interior de los propios movimientos sociales. Tarrow (2012) señala en su obra que un modo de generar la desmovilización de un movimiento social es, precisamente, dotarlo de canales formales de interacción –incluso de participación– en las instituciones que posteriormente y de forma paulatina pierdan efectividad. En estos casos, se puede acabar generando frustración, incluso conflictos y escisiones entre aquellos activistas que apuestan por profundizar en la institucionalización del movimiento y aquellos activistas que defienden un retorno a formas de confrontación desobedientes con la normatividad de las instituciones.

Si bien en ambos casos los movimientos implicados movilizaban un imaginario social instituyente en el que los activistas pudieran influenciar e incluso participar directamente en las instituciones, la deriva fue el debilitamiento del autogobierno que Castoriadis reclama. En este sentido, los activistas se sintieron cada vez más inmersos en formas ya instituidas que lejos de ser transformadoras reproducían en el interior de sus propias organizaciones lógicas burocráticas, desconectadas del territorio y desmovilizadoras de la acción directa.

Estos casos nos muestran que fomentar imaginarios sociales instituyentes que mantengan un movimiento constante de autogobierno reclama una reflexión más profunda sobre la interacción entre instituciones y movimientos sociales, tanto desde los propios espacios activistas como desde la labor de autoanálisis que deben llevar de manera continua las y los profesionales que trabajan en espacios institucionales de intervención social. Los dilemas éticos y políticos emergen nuevamente como un lugar que será ineludible atravesar en algún momento.