Introducción

A continuación, encontraréis un texto compuesto por diversos apartados temáticos, cada uno de los cuales ha sido redactado de manera independiente por un autor o autora diferente. En el proceso de ensamblaje final, se ha llevado a cabo un ejercicio de edición tratando de resaltar las conexiones e hilos conductores entre los diferentes módulos temáticos, haciéndolo visible mediante hipervínculos que permiten ir navegando de manera interactiva. Unas conexiones que, a su vez, tratan de respetar la singularidad de contenido, estilo y sensibilidad de cada autoría. Al final de cada apartado, encontraréis también un apartado que lista los conceptos esenciales de cada bloque, y al final de todo, otro apartado con la lista de autores y autoras que se van citando en todo el texto, con enlaces a páginas web donde amplían la información sobre su producción teórica e investigadora. Por lo tanto, se trata de un material que permite una lectura lineal pero que también puede ser trabajado desde diferentes puertas de entrada, en función de la necesidad e interés de quien lo lea.

Atendiendo a su lectura más lineal, los contenidos plantean un recorrido en el que el concepto de grupo funciona como eje articulador que nos permite transitar desde las realidades grupales más pequeñas y cotidianas hasta fenómenos colectivos más amplios, más o menos organizados, orientados o no a la transformación social. Como plantean Brown y Pehrson (2020, p. xi):

«Los grupos brindan a las personas un sentido de quiénes son y quiénes no son, y gran parte de lo que sucede dentro y entre los grupos puede entenderse como intentos de las personas por expresar, aclarar o defender su identidad social. Pero las identidades sociales no caen del éter completamente formadas, ni son entidades inmutables, fijas de por vida. Emergen de contextos sociales particulares a medida que las personas reaccionan y se esfuerzan por dar sentido a sus mundos sociales. A medida que esos contextos cambian, también lo hacen las identidades. Y, por último, pero no menos importante, los grupos son un vehículo primario de acción social, a través del cual las personas muchas veces buscan lograr cambios en sus entornos».

Veamos a continuación, de manera más detallada, cómo se va desplegando este hilo conductor en los diferentes apartados, que podríamos agrupar en tres grandes bloques temáticos. Un primer bloque con el foco en el análisis de los fenómenos grupales y colectivos y que estaría compuesto por los dos primeros apartados. Un segundo bloque más centrado en una realidad simultáneamente grupal y colectiva, como son los movimientos sociales y su posible evolución hacia formas de institucionalización, tal y como se despliegan en el tercer y cuarto apartado. Y un último bloque que nos invita a reflexionar sobre el rol de las y los profesionales y su relación con estos grupos, colectivos y movimientos que surgen al margen de dinámicas institucionales.

Entre lo grupal y lo colectivo

Como animales sociales que somos, altamente interdependientes y vulnerables, podemos intuir, sin necesidad de grandes desarrollos teóricos, la importancia del grupo para el sostenimiento y reproducción de nuestras vidas desde los albores de nuestra especie.

No obstante, la producción teórica sobre los fenómenos grupales y colectivos no siempre se ha sostenido sobre esa intuición. En la línea de lo que Almudena Herrando (2018) denomina la fantasía de la individualidad, los modelos analíticos hegemónicos han tendido a ensalzar el sujeto individual, autónomo y racional como fuente de progreso, asociando las dinámicas grupales y colectivas a los marcos premodernos contra los que se erigía el proyecto de la Ilustración. Así, como plantea Martín Mora en Los grupos: sus formas y sus dinámicas sociales, las grandes revoluciones sociales y políticas acontecidas en los siglos XVIII y XIX suponían una amenaza para el statu quo. Y es desde ese temor elitista que muchas teorías de la psicología social de la época trataban de interpretar estos fenómenos colectivos, calificándolos de masas, contra las que no cabía, por tanto, otra respuesta que el control o la represión. Un comportamiento colectivo que, además, trataba de explicarse por mecanismos irracionales como el contagio o el pánico, como nos presenta Enrique Baleriola en Procesos colectivos y acción social.

Pero no toda la producción teórica se ha basado en esa sospecha hacia lo grupal y lo colectivo. Ambos autores presentan también algunas herramientas conceptuales que nos permiten analizar el potencial de la acción grupal y colectivas desde otro lugar. Sería el caso de los conceptos de multitudes o públicos, de las minorías activas o las teorías de la identidad social, que analizan esos comportamientos desde prismas mucho más productivos y ajustados con las evidencias. Así mismo, encontraremos también realidades grupales que trascienden esos modelos interpretativos de corte simplista comentados anteriormente. Sería el caso de las diferentes morfologías y dinámicas de grupos presentadas por Mora.

Con objetivos similares, Luis Sanmartín nos invita a ir más allá para explorar la posibilidad de generar inteligencia colectiva a través de la facilitación de grupos y de las dinámicas asamblearias. Es decir, entender la racionalidad y la emocionalidad no como elementos contrapuestos en los comportamientos grupales y colectivos, sino comprender que ambas son dimensiones imprescindibles, mutuamente complementarias y que pueden jugar a nuestro favor, si conocemos su funcionamiento y sabemos generar las estructuras y algunas dinámicas pertinentes para ello.

Además, en este primer bloque, veremos con Baleriola que cada vez hay más autoras contemporáneas que plantean la necesidad de entender la acción colectiva de manera situada, como un fenómeno emergente desde el lugar cotidiano en el que habitamos, trenzado por todas las redes de interdependencias de las que formamos parte, y entendiéndonos como un sujeto colectivo que va más allá de lo humano. Una mirada atravesada también por las ambivalencias que generan otras realidades tan contemporáneas como las redes sociales y los algoritmos, los bulos, las fake news y el negacionismo, que, a pesar de algunas limitaciones, pueden facilitar también procesos de resistencia y construcción de alternativas desde lo colectivo.

No obstante, a pesar de todo este conocimiento, no es extraño que, especialmente, en los medios de comunicación, las teorías más trasnochadas sobre los comportamientos grupales y colectivos sigan siendo las predominantes en el discurso público, ya que, como plantea Rutger Bergman (2021, p. 23):

«Hay un mito muy persistente según el cual el ser humano es egoísta, agresivo y propenso al pánico por naturaleza. (…) Los hechos, sin embargo, demuestran lo contrario: precisamente cuando caen bombas del cielo o las aguas inundan las ciudades, el ser humano muestra su mejor versión».

De manera que, siguiendo a Rebecca Solnit (2020, p. 11), podemos sospechar que:

«Por lo general, cuando las élites hablan del «pánico» y de los «saqueos» en las calles, están dando nombres desacertados a los mecanismos que la población pone en práctica para sobrevivir y cuidar de los demás en situaciones de emergencia».

Unos mecanismos que, más allá de los objetivos de supervivencia y reproducción más básicos, pueden orientarse también hacia cuestionamientos más profundos del statu quo que generan grandes transformaciones sociales. De manera que lo que puede empezar en forma de una minoría activa acabe desbordando los límites de lo grupal y, como veremos a continuación, se convierta en un movimiento social que, eventualmente, puede llegar a generar un cambio en el paisaje institucional.

Movimientos sociales e institucionalización

Desde esta base sobre lo grupal y lo colectivo pasamos a analizar los movimientos sociales, que no dejan de ser otra forma específica de agregación colectiva, como nos presenta Tomàs Herreros en Los movimientos sociales: ¿qué son? ¿por qué estudiarlos? ¿cómo estudiarlos?

¿Y qué diferencia a los movimientos sociales de las formas de comportamiento colectivo analizadas anteriormente? Este es el ejercicio al que nos invita Herreros, estableciendo una definición operativa de este concepto, basada en la producción teórica en ciencias sociales. Una realidad relevante, como nos explica, no solo académicamente, sino también a nivel histórico, ya que los movimientos sociales son una de las fuerzas que moldean nuestras sociedades. Así, se revisan los principales enfoques teóricos y se pone el foco en tratar de entender el porqué del surgimiento, las razones de sus dinámicas, así como el funcionamiento y los impactos que generan sobre la sociedad.

Así mismo, se tienen en cuenta también otros elementos relevantes pero ausentes de la mayoría de esos enfoques teóricos más convencionales, como podrían ser: las dinámicas más micro que acontecen en el interior de estos movimientos, y que tienen que ver, por ejemplo, con procesos de transformación de los valores y de la vida cotidiana o con el rol de los afectos. Ya que, como plantea Geoffrey Pleyers (2019, p. 75), especialmente para los movimientos sociales que han tenido lugar desde la década de 2010, ha cobrado fuerza lo que denomina «la vía de la subjetividad»:

«(…) una concepción del cambio social que no pasa tanto por influir sobre los responsables políticos, sino por la transformación respecto de la manera de vivir juntos a partir de alternativas concretas que pongan en práctica los valores del movimiento y una reafirmación de las formas de sociabilidad locales».

Unas dimensiones a las que también sumamos algunas aportaciones de Luis Sanmartín, conectando los marcos de acción colectiva y los campos de identidad, prestando también atención a la pluralidad existente en el interior de los movimientos, así como a los conflictos y contradicciones que pueden emerger.

Finalmente, Herreros nos señala también la necesidad de mirar más allá de estas singularidades, entendiendo que, a menudo, los movimientos sociales se inscriben en ciclos de movilización más amplios y, por tanto, que para entender un movimiento social no basta con mirar en su interior, sino también en su relación con otros, ya sean anteriores o contemporáneos. Siguiendo con Pleyers (2019, p. 27):

«Que una movilización sea en parte fruto de un proceso nacional o reflejo de las especificidades nacionales no significa que no pueda inscribirse en una ola internacional de movilizaciones e, incluso, en un movimiento global. De igual manera, el congregar elementos que acrediten algunas especificidades nacionales de un movimiento no implica que no comparta ciertas características, formas de acción, valores y desafíos con otras movilizaciones en diferentes lugares del mundo y que, por lo tanto, pueda también tener una dimensión internacional».

Una mirada global e histórica que hemos ido incorporando en todo el texto (no solo en este apartado), gracias a la curación de Emerson Vicente, quien ha velado por reflejar diversidad de territorios, momentos históricos y sujetos protagonistas en los ejemplos que van ilustrando cada uno de los marcos teóricos y conceptuales que se van presentando. Sin ánimo de exhaustividad ni de representatividad, todos esos ejemplos pretenden abrir la mirada sobre qué y cómo se configura lo grupal, lo colectivo y los movimientos sociales, pero, sobre todo, la diversidad de quienes lo protagonizan y desde dónde, tanto a nivel geográfico como social y epistémico.

En relación con esto último, Herreros añade también una reflexión sobre la necesidad de replantear las relaciones de los movimientos sociales con los ecosistemas de los que forman parte, en especial, el mundo académico. Desde este lugar es importante entender que los movimientos son también espacios de producción de conocimiento relevantes y, por tanto, que merecen la escucha y reconocimiento en cuanto tales. Esto es, por ejemplo, lo que bell hooks (2017, pp. 29-32) nos cuenta sobre el movimiento feminista en Estados Unidos y sus tensiones con los espacios académicos:

«En los orígenes del movimiento feminista contemporáneo, los grupos de conciencia a menudo se convirtieron en espacios en los que las mujeres simplemente daban rienda suelta a la hostilidad y la rabia reprimida por los abusos (…). Este aspecto confesional funcionó como ritual de sanación. A través de la toma de conciencia las mujeres obtuvieron la fuerza para desafiar a las fuerzas patriarcales en el empleo y en el hogar. Sin embargo, de forma importante, la base de este trabajo empezó cuando las mujeres examinaron el pensamiento sexista y crearon estrategias con las que cambiar nuestras actitudes y creencias a través del pensamiento feminista y del compromiso con la política feminista. (…) El pensamiento feminista surgió por primera vez en el contexto de pequeños grupos en los que, con frecuencia, las personas se conocían entre sí (…). A medida que este empezó a teorizarse en material impreso para llegar a una audiencia más amplia, los grupos se deshicieron. La creación de los estudios de la mujer como disciplina académica aportó otro escenario desde el que se podía informar a las mujeres sobre el pensamiento y la teoría feminista (…) Poco tiempo después, las aulas de los estudios de la mujer habían reemplazado al grupo de conciencia en el que todo tenía cabida. Mientras que en los distintos grupos de conciencia podían encontrarse mujeres de orígenes variados (las que trabajaban exclusivamente como amas de casa, en el sector servicios o profesionales exitosas), la academia era y sigue siendo un lugar de privilegio de clase».

Esta reflexión de hooks nos sirve también para dar paso al apartado de Patricia Aljama, Trazando el camino hacia la institucionalización de los movimientos sociales, centrado en analizar los dilemas a los que se enfrentan la mayoría de los movimientos sociales en fases avanzadas de su desarrollo, y no ya solo ante el espacio académico.

¿Cómo seguir hacia delante? ¿Morir de éxito y desaparecer una vez las principales reivindicaciones han sido absorbidas por el sistema político-legal mediante procesos de estatalización? ¿Fusionarse con otros movimientos? A largo plazo, cuando las energías de las protestas iniciales ya no pueden mantenerse ¿qué otras formas de persistencia pueden articularse?

Históricamente, algunos movimientos (o algunas corrientes dentro de estos) han optado por desarrollar procesos de institucionalización, priorizando, por ejemplo, la sostenibilidad y continuidad en el tiempo, así como la capacidad de realizar cambios efectivos a nivel social, político y legal. Una estrategia habitual ha sido la adopción de un modelo de prestación de servicios combinada con una actitud de diálogo y colaboración con la Administración pública. Sería el caso, por ejemplo, del movimiento asociativo de la discapacidad en España, que, como nos señala Eduardo Díaz (2008, p. 186), durante la década de los ochenta y noventa del pasado siglo:

«Pasaron de ser grupos de ayuda mutua para la satisfacción de necesidades a ser entidades con estructuras cada vez más fuertes y complejas para la prestación y gestión de servicios especializados. A medida que crecían en complejidad estructural, necesitaban adoptar modelos de gestión empresarial que se encargaran de administrar dicha complejidad. De este modo, los asociados pasaron a ser, más que asociados, usuarios o clientes de servicios. Se cubrían mejor las necesidades de dichos usuarios y de sus familiares, pero se resentía la vertiente reivindicativa de las asociaciones».

El texto de Aljama recorre algunos de los equilibrios que muchos de estos movimientos realizan para tratar de mantener su autonomía cuando deciden institucionalizarse. Por un lado, formalizarse como organización, profesionalizarse, burocratizarse y conseguir recursos económicos. Y por otro, tratar de evitar caer en procesos de cooptación y homogeneización del movimiento, de pérdida de su carácter revolucionario o de desgaste y a la desmovilización de la militancia, entre otros. Es decir, intentar que su labor y aportación a la transformación social sea reconocida, sin ser plenamente fagocitados por el marco político-institucional.

Ante estos dilemas o ante otro tipo de reivindicaciones que no pueden ser fácilmente traducidas en servicios, otras estrategias tradicionales, recuperadas por algunos movimientos sociales más contemporáneos, ha sido la creación o colaboración con partidos políticos en el marco de la nueva política, como señala Geoffrey Pleyers (2019, pp. 37-38).

«Un tiempo después del inicio de la ola de ocupación de plazas y de las marchas multitudinarias para denunciar los límites estructurales de la democracia institucional, volvieron a surgir las eternas preguntas de los movimientos de emancipación: ¿Lograremos cambiar el mundo a partir de las prácticas propias y de la vida cotidiana? O, por el contrario, ¿es necesario «ocupar el Estado» (…)? Mientras que las primeras etapas de los movimientos de los años 2010 estuvieron dominadas por posturas anti-partidistas y anti-institucionales, a partir de 2013 (…) un número creciente de actores provenientes de estos movimientos han explorado vías que permitan llevar sus demandas al campo de la política institucional».

Por tanto, sin perder el grupo como eje de referencia y las implicaciones que esto genera en las subjetividades de sus componentes, estos dos últimos apartados presentan algunas de las principales estrategias organizativas a las que estos grupos pueden recurrir cuando se plantea la necesidad de iniciar un proceso de transformación social. Ya sea por vías más informales, como los movimientos sociales con repertorios de acción basados en protestas, manifestaciones, etc., como por canales más institucionalizados, mediante la participación en espacios institucionalizados, como podrían ser los consejos consultivos impulsados por la Administración pública. Ya que, como plantea Jo Freeman en su clásico texto La tiranía de la falta de estructuras:

«Al contrario de lo que nos gustaría creer no existe algo similar a un grupo sin estructuras. Cualquier grupo de personas que, por razones se une durante un periodo de tiempo determinado y con un objetivo cualquiera, se dará inevitablemente una u otra forma de estructura: esta podrá ser flexible y variará con el tiempo; tal vez sirva para distribuir tareas equitativa o injustamente y también para distribuir el poder y la influencia entre los distintos miembros del grupo, pero aquella se conformará independientemente de la personalidad, facultades o intereses de las personas que lo componen».

Reflexiones desde la acción institucional

Como cierre a este material, no queríamos dejar pasar por alto una propuesta e invitación a hacer un ejercicio de reflexividad por parte de las y los futuros profesionales a lo que se dirige (ya sea en el campo de la Psicología, la Educación Social u otras disciplinas afines en las Ciencias Sociales), y que, a menudo, desarrollan su labor profesional en espacios institucionales. ¿Cómo podemos posicionarnos en nuestra relación con los grupos, colectivos y movimientos sociales que interpelan de alguna manera a nuestros objetivos y modos de hacer profesionales? Luis Sanmartín nos ofrece algunos ejes desde los cuáles empezar a tirar del hilo.

Por ejemplo, se recogen algunas aportaciones realizadas desde la práctica de la investigación. Para ello, se presenta una breve reflexión sobre el extractivismo académico, y cómo desde posicionamientos de investigación participativa, militante o feminista se trata de dar respuestas a esta tensión permanente entre lo institucional y lo activista. Una tensión que también se produce en la práctica profesional más aplicada. En este sentido, se proponen otros marcos conceptuales que nos permiten ahondar en las ambivalencias intrínsecas de lo institucional. Es decir, entendiendo que a pesar de las constantes limitaciones en nuestra acción profesional, tenemos también margen para minimizar la actividad policial frente a la política en nuestro encargo institucional, o tratar de ampliar el espacio para los imaginarios y las praxis instituyentes, frente a la mera reproducción de lo ya instituido. Esto nos permite repensar también nuevas formas de orientar nuestra praxis, para que la acción institucional evolucione hacia prácticas extitucionales y nuevas formas de colaboración con grupos, redes, colectivos e iniciativas comunitarias con las que tratar de generar sinergias positivas.

No se ofrecen, por tanto, recetas para el éxito, sino la incitación a mantener un posicionamiento activo y crítico sobre nuestra labor profesional y sus implicaciones para estos grupos, movimientos y colectivos (y las personas que forman parte de ellos), así como una propuesta para generar desde nuestro quehacer profesional dinámicas institucionales más porosas que permitan incorporar estas experiencias, conocimientos y recursos comunitarios, evitando las lógicas extractivistas y de cooptación presentadas anteriormente.

A modo de cierre provisional

En definitiva, el objetivo del material que encontraréis a continuación es invitaros a empezar a indagar sobre fenómenos tan omnipresentes y a la vez tan invisibilizados y malinterpretados como son los comportamientos grupales y colectivos, así como la acción colectiva y sus derivadas en forma de movimientos sociales.

Como comentábamos, la denostación de dicha realidad no es casual ni tampoco inocente, y a menudo es reproducida y amplificada por su representación en algunos medios de comunicación, así como en redes sociales, ocultando el enorme potencial tanto para las personas que participan de estos espacios como para la sociedad en su conjunto.

Por ello, animamos a que desde una actitud investigativa y con el apoyo de las herramientas conceptuales más pertinentes en cada caso, exploréis la complejidad de estos fenómenos en toda su diversidad y en tanto que esencialmente humanos, aunque estén cada vez más opacados en sociedades como las nuestras, orientadas a potenciar la individualidad y la competitividad. Sin ánimo de idealizar ni romantizar estas dinámicas supraindividuales y abordando también algunas de sus paradojas, conflictos y contradicciones, creemos que es imprescindible que las y los futuros profesionales del campo de «lo social» tengan algunos fundamentos básicos para saber no solo analizarlos, sino también aprender a posicionarse de forma argumentada desde su labor profesional.

Por tanto, más allá de la temática, objetivos o intereses que movilicen a los diferentes grupos, colectivos y movimientos sociales, esperamos que con la lectura de este material, tengáis algunas claves básicas para entender estas formas de comportamiento y organización, así como algunas referencias y ejes analíticos clave, que os puedan servir más adelante para seguir profundizando en estas cuestiones.